Massimo Balestrini es un artista que lleva años explorando diversas formas de expresión y medios, alternando entre la pintura, el dibujo, el tratamiento digital de imágenes y, más recientemente, también la inteligencia artificial.
Su investigación surge de la intersección entre la formación artística y los conocimientos informáticos. En este ámbito híbrido, la práctica manual entabla un diálogo con los procesos tecnológicos y la imagen se convierte en un lugar de transición, de memoria y de transformación constante.
Referencia ColorEdge
Massimo Balestrini
El artista y profesor está convencido de la precisión y la fidelidad cromática del ColorEdge.

Su obra se centra en la superposición visual, la imaginación colectiva y la persistencia de las imágenes a lo largo del tiempo. Las fotografías, los fragmentos de la cultura popular, los signos pictóricos, las huellas digitales, los archivos visuales y los sistemas generativos interactúan en un proceso abierto, en el que la obra nunca se presenta como una forma definitiva, sino como una superficie inestable, atravesada por sedimentos, interferencias y reapariciones.
Un aspecto central de su investigación se centra en la transición de la imagen digital a la presencia física de la obra. La impresión, el color, el soporte, la luz y la gestión del color se convierten en elementos decisivos de esta transición. Al pasar de la pantalla a la superficie física, la imagen cambia de estado: pierde su aparente inmaterialidad y gana en corporeidad, profundidad y resistencia. En este umbral entre los datos digitales y la presencia pictórica, Balestrini explora las posibilidades perceptivas de las obras de arte contemporáneas.
Paralelamente a su práctica artística, Balestrini ejerce como profesor comprometido en la Academia de Bellas Artes de Verona, donde imparte clases de pintura y edición digital de imágenes. En este contexto, orienta a los estudiantes hacia un uso consciente de las herramientas digitales y profesionales, no solo como medios operativos, sino como lenguajes activos capaces de penetrar en el núcleo del proceso creativo.
Además, ha llevado a cabo proyectos en colaboración con la Universidad de Milán, centrados en la investigación de la inteligencia artificial y la intersección entre el arte, las tecnologías digitales y diversas disciplinas.
Su obra se sitúa, por tanto, en una encrucijada: entre la pintura y lo digital, entre la memoria individual y la imaginación colectiva, entre la materia y el algoritmo. Una práctica en la que la imagen no solo se produce, sino que se recorre, se reescribe y se cuestiona continuamente.

¿Qué es lo que considera importante a la hora de crear sus obras?

Para mí, una obra nunca surge de un único gesto, ni siquiera de un único lenguaje. Más bien surge de una serie de puntos de encuentro: imágenes que recopilo, recuerdos personales y colectivos, referencias a la cultura popular, fotografías, pintura, impresión digital y, en los últimos años, incluso sistemas de inteligencia artificial. Me interesa el momento en el que estos materiales dejan de ser elementos separados y comienzan a generar tensión visual.
El problema, si se le puede llamar así, consiste en mantener una relación abierta entre el control y lo inesperado. La tecnología digital permite una precisión enorme, pero existe el riesgo de que todo resulte demasiado cerrado, demasiado pulido. La pintura, por el contrario, introduce en juego el tiempo, el cuerpo, los errores y la superficie. Mi trabajo busca un equilibrio entre estos dos polos: por un lado, la construcción de la imagen mediante código, collage, generación e impresión; por otro, la necesidad de devolver a la imagen una presencia física, material y multifacética.
Por lo tanto, cuando trabajo de forma creativa, no busco simplemente una imagen bonita: busco una imagen que porte en sí misma el recuerdo, que conserve las huellas del proceso de creación y que ofrezca al espectador la posibilidad de adentrarse en un terreno que no esté completamente definido.
¿Por qué se ha decantado por ColorEdge?
En mi trabajo, la gestión del color no es un detalle técnico, sino parte del proceso creativo. Muchas obras pasan por varias fases: edición digital, pruebas de impresión, retoques en la imagen, nuevas tomas o documentación fotográfica y, a menudo, nuevas revisiones. Si el monitor no es fiable durante este proceso, la identidad de la imagen cambia constantemente. Existe el riesgo de que lo que veo en la pantalla no coincida con la impresión, lo que hace que las decisiones visuales posteriores resulten menos precisas.
Llevo más de veinte años trabajando con monitores EIZO porque necesito una herramienta estable, consistente y profesional para el tratamiento de imágenes. No se trata solo de obtener una imagen brillante o atractiva, sino también de poder evaluar correctamente las transiciones de tonos, las sombras, los colores dominantes y las diferencias entre zonas muy próximas entre sí. Para un artista que combina la tecnología digital y la pintura, esta precisión es fundamental: permite tomar decisiones más fundamentadas antes de la impresión o de realizar retoques manuales.
En este sentido, para mí el monitor no es un elemento separado del trabajo, sino parte de la cadena creativa. Es el punto en el que la imagen digital se observa, se revisa y se prepara para convertirse en materia.

Cuéntenos sus experiencias con los monitores ColorEdge.
La experiencia más importante es la posibilidad de trabajar con una referencia visual constante. Cuando se trabaja con imágenes complejas y con múltiples capas, no basta con un control general del color. Hay que ser capaz de detectar microdesviaciones, de comprender si una transición es demasiado estrecha, si un color dominante altera la atmósfera o si una zona debería pasar más desapercibida o destacar más.
En mi flujo de trabajo, el monitor ColorEdge desempeña un papel fundamental. En las fases de revisión y toma de decisiones, lo utilizo para revisar la imagen antes de la impresión, evaluar la relación entre las partes generadas digitalmente y las intervenciones pictóricas, y mantener la coherencia entre lo que ocurre en la pantalla y lo que posteriormente se convierte en un soporte físico. Esto resulta especialmente importante cuando la obra combina pintura, fotografía, impresión digital e imágenes generadas o transformadas mediante inteligencia artificial.
La precisión del monitor también me ayuda en la docencia. En la Academia de Bellas Artes de Verona imparto clases de pintura y tratamiento digital de imágenes, y coordino el programa de estudios de tres años «Nuevas tecnologías artísticas». Con los estudiantes no se trata solo de aprender a manejar el software, sino de comprender todo el proceso de creación de imágenes: la calibración, el color, la impresión y la relación entre el tratamiento digital de imágenes y la intervención manual. En este sentido, las herramientas profesionales nos permiten ilustrar de forma concreta que la calidad de la imagen depende de decisiones bien fundamentadas a lo largo de todo el proceso.

¿Cuál es su mensaje para los jóvenes artistas?
Les aconsejaría que no separaran precipitadamente la tecnología de la imaginación. Cualquier herramienta, por muy sofisticada que sea, resulta inútil si solo sirve para generar efectos. Al mismo tiempo, no hay que temer a la tecnología: la tecnología digital, la impresión, la inteligencia artificial y la gestión del color pueden convertirse en espacios de investigación auténtica si se abordan de forma consciente.
A un joven artista le aconsejaría que se familiarizara a fondo con las herramientas, pero que nunca se identificara con ellas. Es importante dominar la técnica, calibrar un monitor, comprender los colores y saber qué ocurre cuando una imagen pasa de la visualización en pantalla a la impresión. Sin embargo, todo ello debe servir para desarrollar una perspectiva personal.
El arte surge a menudo en una zona de fricción: entre el control y lo inesperado, entre el recuerdo y la invención, entre la imagen mental y la materia. Las herramientas profesionales ayudan a clarificar esta transición, pero la tarea del artista sigue siendo dotar de significado a las imágenes y no limitarse a producirlas.

CONCLUSIÓN
En la obra de Balestrini, la precisión cromática forma parte de un proceso más amplio en el que la pintura, la impresión digital, la memoria visual y las nuevas tecnologías interactúan continuamente entre sí. Es precisamente en esta transición entre la imagen inmaterial y la obra física donde herramientas como los monitores ColorEdge de EIZO desempeñan su papel más importante: ayudan al artista a percibir mejor lo que está creando en ese momento.




